#RR17 Sin los trabajadores organizados a nivel global no habrá transformación

“A 20 años de la caída del Muro de Berlín sabemos que una transformación socialista, para suceder, sólo puede ser obra de los trabajadores mismos, y no puede resolverse en el estrecho marco del Estado nacional”, subraya el intelectual argentino Alejando Horowicz sobre el final del proceso soviético.

La Revolución Rusa

Por Alejandro Horowicz para diario Tiempo Argentino
Periodista, escritor y docente universitario

Segunda parte

A 20 años de la caída del Muro de Berlín sabemos que una transformación socialista, para suceder, sólo puede ser obra de los trabajadores mismos, y no puede resolverse en el estrecho marco del Estado nacional.

A la combinación entre masacre campesina rusa, derrota del proletariado alemán, primero, y derrota del español, inmediatamente después, le siguió el asesinato judicial de los sobrevivientes de la dirección revolucionaria del PCUS: los juicios de Moscú. Los protagonistas conscientes de una política revolucionaria sufrieron la misma suerte que el resto de la sociedad rusa: fueron aplastados sin contemplaciones. Una ola de terror contrarrevolucionario se abatió sobre los camaradas de Lenin y Trotsky entre 1936 y 1938. Mediante los instrumentos más infamantes (la confesión obtenida en las mazmorras de la GPU), el comité central que encabezó la Revolución de Octubre fue humillado, primero, y asesinado, después, ante el silencio cómplice del mundo.

Sólo faltaban los oficiales del Ejército Rojo, los que no se habían descompuesto asesinando campesinos en la “colectivización forzosa”, e incluso muchos de ellos, fueron fusilados a su vez por la GPU: 30 mil oficiales pasados por las armas. La sociedad soviética quedó inerme frente a cualquier ataque exterior. La “fortaleza sitiada” recibió un golpe terrible desde dentro. Hitler tenía buena parte de su trabajo previamente facilitado. Sólo la defensa de la patria permitió movilizar, con argumento nacionalista, la sociedad rusa contra el ejército alemán. Hitler estuvo a un tris de salirse con la suya, pero lo cierto es que su derrota estabilizó –por todo un período histórico– la burocracia soviética.

Entonces, Stalin, que había ingresado a la guerra como aliado de Hitler (conviene recordar que se reparten Polonia, y que confiaba en que el pacto Molotov – Ribbentrop mantendría a la URSS fuera de la guerra), termina como aliado de las “democracias occidentales”. Pero antes rechaza la información de inteligencia –Richard Sorge desde Japón, la Orquesta Roja de Leopold Trepper, soldados alemanes que desertan del frente el día anterior a la invasión– ya que todos son, en su patética lectura, agentes del espionaje inglés. A juicio de Stalin, los nazis no tenían nada que temer de parte de la URSS. Y lo había demostrado al no intervenir mientras Francia era atacada por las divisiones panzer, permitiendo a Hitler combatir en un solo frente y vencer. Hitler lo sabía, pero creyó que podía conquistar Rusia para “repartirla” entre los nacional socialistas alemanes. Resultó un hueso duro de roer, y terminó siendo el comienzo del fin.

En Yalta y Postdam, Stalin y Franklin Delano Roosevelt, bajo la mirada atenta de Churchill, se dividen el mundo en áreas de influencia. La zona conquistada por el Ejército Soviético reproduce al poco tiempo, punto por punto, la “revolución desde arriba”, y la conformación de burocracias nacionales que copian el modelo ruso apoyados por el ejército ruso. La muerte de Stalin en 1953 pone fin al período más siniestro, sin cambiar en lo sustantivo la naturaleza del régimen.

El 20º Congreso del PCUS, con el informe secreto de Nikita Khrushchev, modifica la legalidad interna, pero conserva intacta la política internacional. Las crisis políticas en la Europa del este se intensifican; los obreros alemanes se lanzan a la huelga, los polacos plantean sus reivindicaciones, los húngaros se levantan en armas y toman el control directo de la situación en 1956, hasta que el ejército ruso interviene. El Muro de Berlín sintetiza, en metáfora inequívoca, la inconmovible estructura del régimen. Y la primavera en Praga del ’68 termina igual que todos los movimientos populares antiburocráticos: con los tanques rusos reprimiendo.

¿La tensión entre los “partidos hermanos”? La naturaleza de la relación entre burocracias con distintos intereses nacionales, y el conflicto chino soviético –verdadera cumbre del “debate político” del período– nunca fue otra cosa que un choque de intereses entre dos burocracias poderosas. La soviética intentaba someter a la china, y la china exigía un trato más igualitario. Para conseguirlo, Mao hace una alianza con Richard Nixon. A la hora de la verdad, el maoísmo y el stalinismo sólo tenían retóricas distintas. No en vano todavía hoy sigue siendo Stalin un héroe del panteón revolucionario de Beijing.

Lo cierto es que la “competencia pacífica” entre regímenes políticos opuestos – los que supuestamente habían construido otro mercado reglado en términos no mercantiles– concluyó con la implosión del más débil. La burguesía estadounidense resultó muchísimo más eficiente que la burocracia soviética. El programa de la Guerra de las Galaxias estaba fuera del alcance de la URSS, ni su producción de excedentes, ni su inventiva tecnológica podían soportar semejante competencia. La legalidad rusa no incluyó, jamás incluyó, la democracia política; por eso, en Moscú la guía de teléfonos seguía siendo un secreto de Estado. Y la democracia política, entre muchas otras cosas, sirvió, sirve para que el debate de ideas pueda llevarse a cabo.

Ahora bien, el desarrollo industrial ruso, mientras se trató de objetivos cuantitativos (millones de toneladas de acero, cantidad de tractores por hectárea cultivada) funcionaba. Claro que los tractores no duraban lo mismo que en EE UU, ni su uso permitía el mismo rango de productividad. Pero la cosa se trabó en serio cuando llega la computadora. Es que el capital tecnológico requiere libre choque de puntos de vista, y los hábitos que ese debate genera; por eso, en definitiva, la burocracia soviética terminó arrumbada, porque el libre examen de los asuntos permitía saber que usurpaba ilegítimamente el poder. Y que debía permitir el salto hacia la democracia socialista o conservar sus privilegios de casta, y condenar a toda la sociedad a una regresión sin cuento.

En definitiva, terminaron estando mucho más cerca de la restauración capitalista, que de la democracia obrera. Por eso la Perestroika terminó como terminó. La nueva NEP permitió la reconstrucción gansteril del capitalismo, los viejos burócratas se transformaron en los “nuevos dirigentes democráticos”, y por cierto, en los propietarios de pleno derecho de la propiedad caratulada pública. La restauración había concluido.

Entonces, a 20 años de la caída del Muro de Berlín sabemos que una transformación socialista, para suceder, sólo puede ser obra de los trabajadores mismos, y no puede resolverse en el estrecho marco del Estado nacional. No se trata exactamente de una novedad, después de todo la naturaleza del socialismo era una consigna del Manifiesto Comunista, pero aun así sigue siendo la única regla que importa, sobre todo cuando tiene como contrapartida tan profunda derrota histórica. De modo que la nueva crisis del capitalismo europeo, en estas condiciones, carece por el momento de salida popular. Y esa es la infausta novedad que aportó la derrota del socialismo al siglo que recién se inicia.

http://www.elortiba.org/old/notapas1284.html

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