Matías Rodríguez: “La derecha no confía en los jóvenes; la izquierda apuesta a la transformación de todos”

El segundo “sub 40” que te presentamos nos responde cuándo comenzó a militar, qué es el proyecto de izquierda para él y sugiere respuestas ante el planteo de bajar la edad de imputabilidad.

Matías Rodríguez es el actual director del INJU y milita en el Partido Demócrata Cristiano desde los 14 años. También tiene una experiencia larga en varios centros de voluntariado, sobre todo los vinculados con iglesias barriales. Es por eso que no siente a la década del noventa como una carga, porque encontró, en medio de tanta desesperanza, un paso que acompañaron otros que, como él, vieron en el voluntariado una forma propositiva de enfrentar el individualismo.

Después de tantos años sostiene su confianza en el voluntariado, que calificó como la reserva de cambio social más importante que usan los jóvenes y adolescentes uruguayos.

Periodista: ¿Qué hace un chiquilín de 14 años en la militancia?

Matías Rodríguez: ‒ Yo tenía 14 años en 1994, estábamos en plena campaña electoral. Yo vengo de una familia de militantes políticos, militantes sociales, militantes sindicales, y para mí era como algo natural el hecho de involucrarme en espacios de militancia, donde se practican prácticas solidarias. Desde el liceo yo venía siendo voluntario en algunos espacios concretos donde trabajámabos, particularmente, con niños. Empecé un curso de animación sociocultural, para ser recreador. Y bueno, mi viejo era un militante político, mi madre también lo había sido, surge la campaña, le dije a mi viejo que tenía ganas de empezar a militar y, en realidad, lo que hice fue acompañarlo a una actividad para entregar volantes en una esquina y me quedé.

Era en una feria en Bulevar y Agraciada, me acuerdo. Ese fue mi primera actividad política: entregando volantes en el año 1994. Yo veo que fue algo muy natural. No fue demasiado pensado, tampoco. Fue como algo que surgió y que estuvo muy vinculado a otras actividades asociadas a la militancia o al voluntariado.

P: ¿Cómo cuáles?

MR: ‒Bueno, fui voluntario en la obra San Vicente, del Padre Cacho. Me acuerdo que, básicamente, íbamos los viernes o sábados y hacíamos actividades recreativas en guarderías, con niños de dos, tres, cuatro y cinco años. Luego me vinculé a la parroquia San Francisco de Asís, en la Ciudad Vieja, y allí hacíamos, con una comunidad de cristianos vascos, la Comunidad Adsis, teníamos una propuesta donde dedicábamos el sábado entero a hacer actividades recreativas. Digo “el sábado entero” porque en realidad, parte de la actividad incluía toda una planificación, espacios de discusión y organización. Era un encuentro de muchos jóvenes y adolescentes. Ahí estuve como cuatro años, dedicando todos los sábados, además de campamentos y demás.

Luego vino la militancia estudiantil. Porque cuando entro a la Facultad de Ciencias Sociales, empiezo a militar en el Centro de Estudiantes de la FCS y me eligen como delegado del Centro en la FEUU, donde también estuve un tiempo. Entonces, de alguna manera, se fue dando que una cosa trajo la otra y, ya te digo, sobre todo viviéndolo desde un lugar muy natural.

Yo siempre digo que mi viejo militó en todos los espacios que pudo haber militado, porque realmente militó desde lo sindical, hasta el ámbito comunitario, el político, en ámbitos vinculados a la discapacidad también. En fin, es algo que lo he vivido con mucha naturalidad.

P: ¿Cómo era militar en aquellos años, donde la despolitización de los ’90 había ganado terreno?

MR: ‒Yo me resisto a identificarme con la generación de los años ’90, ¿sabés? Yo me quiero identificar más con la generación 2005. Con la generación del gobierno. Me quiero identificar con la generación de tipos jóvenes, o adultos jóvenes, que estamos comprometidos con el cambio. También la generación del 90 está comprometida con el cambio, claro, pero estamos con el chip del gobierno. Y eso supone asumir, para la izquierda, un lugar distinto, una lógica distinta, que es incorporar la mejor tradición de la izquierda pero, al mismo tiempo, entender que hoy estamos en el gobierno. Y eso supone una lógica, seguramente, distinta, con una práctica distinta.

Creo también que los 90 tienen una impronta negativa asociada, un trasfondo negativo, de desesperanza, donde predominó un determinado proyecto político, donde el individualismo y donde las causas colectivas estaban siendo erosionadas, aun cuando Uruguay supo ser un buen ejemplo en la región de cómo se pudo resistir a una embestida que pretendió las privatizaciones, instalar el individualismo, descentrar el rol del Estado, en fin. Yo creo que el Uruguay, la izquierda uruguaya y el movimiento sindical son buenos ejemplos de cómo se logró resistir.

Entonces, también es una década donde hubo algunos logros. No todo fue desesperanza. Ahí hay una historia con la cual sí me siento cerca.

Nos toca a los de mi edad y a los más jóvenes entender que hoy la izquierda está parada desde el gobierno. Y pretender sostener un proyecto político, no coyunturalmente sino que ojalá por un período de tiempo que permita transformaciones profundas, requiere asumir ese lugar. Por eso digo que prefiero identificarme desde ese lugar. Por eso te digo que, con algunos compañeros, nosotros nos decimos que somos de la generación 2005.

Pero respondiéndote. Yo en realidad tengo un recuerdo precioso de los 90. Tengo un recuerdo muy lindo, de vivirlo con una pasión impresionante. De vivirlo con muchas ganas, sentir que uno está formando parte de cosas que tienen que ver con transformar y cambiar una cantidad de cosas. Me parece que eso es algo maravilloso. Y creo que es parte de la motivación cotidiana cuando un militante social o político decide sumarse a un proyecto. Por eso tengo un recuerdo precioso. Mucho aprendizaje, mucho encuentro, mucha efervescencia. Fue muy bueno militar en ese tiempo.

P: ‒Me hablabas de dos tiempos, uno de militancia política y otra social. ¿A qué te referís en cada una de ellas, cuáles son sus características propias?

MR: ‒Cuando te hablaba de la militancia política te refería a la militancia político-partidaria, y con la militancia social al resto de las esferas, en ese sentido hacía la distinción. Pero sí, yo concibo la militancia social que particularmente yo desarrollé en un centro de estudiantes o en un barrio de Montevideo, donde nos juntábamos jóvenes en el marco de una organización para llevar adelante determinados objetivos que tienen que ver con la calidad de vida o las condiciones de vida de determinados niños, eso es parte de una militancia social y no solamente la militancia social que está asociada a los gremios, al movimiento estudiantil u otros.

Creo que el voluntariado es una expresión de militancia social gigante. Y creo que se ocupa hoy de los mayores niveles de movilización juvenil y creo que ha ocupado, en general, los mayores niveles de participación. Muchas veces esto está invisibilizado, a la izquierda le ha costado conectarse con esa dimensión de la militancia social, que es el voluntariado. Creo que ahora, de un tiempo a esta parte, esos vínculos se vienen fortaleciendo cada vez más.

P: ‒¿Y cómo se pueden mejorar esos vínculos?

MR: ‒Sobre todo hoy, habilitando el espacio para el desarrollo de prácticas solidarias. Desde el gobierno el ejemplo es el Plan Juntos. Compromiso Educativo es otro ejemplo. Son espacios de políticas públicas, de programas sociales, de inclusión educativa, que habilitan espacios para canalizar el compromiso ciudadano, en este caso para los jóvenes. Y desde un partido político, yo creo que ahí también hay posibilidades para habilitar espacios a favor de la militancia social, para desarrollar actividades que conecten más con la sensibilidad actual de la militancia. Yo creo que hoy hay un interés por sumarse a procesos colectivos o solidarios que sí tengan en cuenta el largo plazo, pero que se puedan visualizar, que sean más concretos, que sean más palpables. Y el voluntariado ofrece eso, ofrece esa cuestión de lo concreto e inmediato, que en este momento la historia nos exige.

El desafío de cualquier espacio colectivo pasa por mirar el largo plazo pero, al mismo tiempo, por canalizar espacios concretos que permitan dar lugar a esa participación más inmediata.

P: ¿Cómo sintetizarías el proyecto político de la izquierda?

MR: ‒Yo creo que el Frente quiere una sociedad más justa, nosotros queremos una sociedad más equitativa. Queremos una sociedad donde haya mayores niveles de equidad, de igualdad, de justicia social. Eso significa que podamos ser más felices. Creo que el Frente apuesta a una sociedad donde podamos reconocernos como parte de una misma comunidad. Una sociedad donde no nos tengamos miedo. Una sociedad que reconozca la pluralidad y la diversidad de las distintas formas de ser hombre, mujer, niño, joven, empresario, trabajador. Una sociedad donde la comunidad tenga un alto compromiso con el otro, donde nuestro entorno no nos sea ajeno y donde el otro no nos sea ajeno y que, por lo tanto, nos tengamos que comprometer colectivamente con ese proceso.

Y eso no se traduce en que todos seamos militantes sociales o políticos, no. Significa que queremos vivir en una ciudad más limpia y por lo tanto todos nos tenemos que comprometer con esa limpieza. Significa que tengamos buenas expectativas de un joven que vive en determinado barrio. Nosotros apostamos a eso, a vivir en una sociedad no solamente con relaciones donde la dimensión económica y productiva esté asociada a mayores niveles de equidad, sino también que desde el punto de vista social podamos tener relaciones más equitativas entre generaciones, entre géneros, entre barrios.

Más allá del destino final que puedan convivir dentro del Frente, nosotros apostamos a eso. Por eso no es muy difícil decir a qué estamos apostando cuando estamos hablando de la transformación social o del proyecto político del Frente Amplio.

P: ‒Sin embargo, estamos viviendo en días bastante complicados para hablar de compromisos con el otro.

MR: ‒Es una construcción, no creo que haya una receta. Y creo que pasa por pensarlo, por discutirlo de forma colectiva. Y sobre todo por problematizar el lugar que tienen los jóvenes. Yo creo que quienes tenemos responsabilidades públicas tenemos la obligación de complejizar estas discusiones.

A veces, cuando se plantean mensajes que son simplistas y que caen en el lugar común del señalamiento, lo que hacen es reproducir ese lugar común y no invitan a una mayor reflexión. Entonces, tenemos que discutirlo colectivamente, sensibilizar desde la comunicación, tenemos que abrir espacios de participación para construir nuevas visibilidades. Yo creo que tanto la comunicación como la posibilidad de desarrollar prácticas solidarias y que esto tenga visibilidad pública y que, por lo tanto el resto de la sociedad pueda ver esto, que hay jóvenes que están trabajando en la información y el conocimiento, que están haciendo deportes, que están formándose, mostrar jóvenes comprometidos con el medio ambiente, mostrar que hay jóvenes que desarrollan propuestas artístico-culturales, en fin, mostrando, seguramente ese puede ser un camino para mostrarle a una cantidad de gente que solamente quiere mirar a los jóvenes para asociarlos al consumo problemático de drogas, al delito, al miedo.

Creo que, ahí, lamentablemente, muchos actores han insistido solamente en querer mirar el lado negativo y, lamentablemente, hay mucha gente que compra eso. En realidad, se niegan a ver estas otras cosas. Creo que hay una dimensión, entonces, que tiene que ver con comunicarlo, mostrarlo, y sobre todo con ofrecer espacios para participar y que, seguramente, esos espacios de participación van a permitir construir esa legitimidad.

No creo que haya una receta, creo que hay que construirlo colectivamente, hay que problematizarlo, hay que comunicarlo y hay que habilitar espacios de participación. Ese seguramente es el camino.

La comunicación juega un papel fundamental y, realmente, me toca estar en contacto, permanentemente, con muchos procesos o proyectos de jóvenes que están haciendo cosas con, justamente, el compromiso con la comunidad o el barrio o con determinadas causas específicas, y no paro de sorprenderme cuando hay mensajes que solamente insisten con asociar a los jóvenes con cuestiones negativas. Parte de nuestra tarea es mostrarlo.

Los Ni Ni

MR: ‒Básicamente, el estudio que hicimos divide a los jóvenes en tres: hay un casi 18% de los jóvenes que ni estudian ni trabajan, hay un núcleo del 6% de mujeres que ni estudian ni trabajan porque desarrollan tareas no remuneradas dentro del hogar. La concentración de los jóvenes que ni estudian ni trabajan es más urbana. ¿Cómo hacemos con ellos?

El esfuerzo es por seguir profundizando los esfuerzos institucionales por crear estrategias que apunten a construir vínculos con estos gurises. Nosotros tenemos el desafío de construir nuevas instituciones. Tenemos que construir nuevas instituciones educativas y esto significa no solamente seguir construyendo programas de inclusión social y educativa, como se han venido haciendo y creo que tenemos que seguir sosteniendo y, seguramente, tenemos que seguir ampliando, pero sobre todo tenemos el desafío de construir nuevos centros educativos formales, nuevos liceos y escuelas técnicas.

Hay algunos autores, como Verónica Filardo, que habla de las temporalidades juveniles. Dice que los jóvenes pobres, y en general las personas que están en situación de pobreza, tienen menos tiempos que el resto porque asumen algunos roles adultos más tempranamente: porque tienen hijos antes, porque empiezan a laburar más tempranamente, porque salen antes de la educación y porque forman su hogar propio de manera más temprana. Entonces, esta trayectoria, este pasaje al mundo adulto, se hace más rápido, pero se hace con una trayectoria menos “cuidada”, digamos, menos protegida. Entonces, necesitamos instituciones que lleguen a tiempo y no cuando existan determinados hechos consumados.

Tenemos que llegar muchísimo antes para que determinados proceso de exclusión, de vulneración de derechos, no se den. Eso significa atender los tiempos que tienen los jóvenes. Y ahí la educación cumple un papel fundamental. Y no me caben dudas del esfuerzo que se está haciendo, presupuestales, institucionales, programáticos. Pero tenemos que seguir por ese camino, y tenemos que redoblar la apuesta a construir un sistema educativo mucho más flexible, mucho más abierto, que permita mayor movilidad horizontal y vertical, que esté mucho más conectado entre propuestas de educación formal y no formal, en la formación técnica.

Nosotros tenemos una educación media que mayormente está sustentada en una formación generalista, preuniversitaria, como es el liceo. Y bienvenido el liceo, pero creo que tenemos que seguir fortaleciendo y ampliando la oferta técnica. Seguramente tendremos que ir hacia semestralizar la educación. Para que un joven no tenga que esperar un año entero para poder inscribirse, sino que pueda entrar a mitad de año. Y hoy ya hay experiencias de ese tipo, sólo que tenemos que ampliarlas, extenderlas.

Tenemos el desafío de ampliar los cupos. Hoy hay más jóvenes integrados a la educación de lo que había hace 20 años, definitivamente. La falta de inversión que ha existido en este país ha sido gigante. Porque la inversión pública histórica en la educación no ha sido acompañada del aumento de la cantidad de jóvenes que entró.

Cuando hoy muchos dicen: “Sí, porque antes el nivel educativo era mayor”. Sí, pero antes iban menos gurises al liceo. Antes habían pocos centros educativos, eran muy pocos los que lograban terminar. Hablemos y pensemos estos temas de manera justa. entendamos que antes no existía ni esta oferta ni esta inversión, y eran muchos menos los que lograban acceder.

Con esto no estoy diciendo que no tenemos desafíos, al contrario, tenemos desafíos enormes. El camino es construir nuevas institucionalidades y creo que la educación juega un papel fundamental. Y que sobre todo la educación siga profundizando esta alianza y esta cooperación con otras instituciones. Solamente el sistema educativo no puede resolver esos desafíos. Ahí se precisan otras instituciones y otros organismos, como ya lo venimos haciendo, porque no es novedad. Pero creo que el camino es profundizar estas cosas, y seguramente tendremos que seguir tomando algunas decisiones para darle mucha mayor escala y ser mucho más rápidos en los logros que tenemos que tener. Yo creo que ese es uno de los caminos.

Tenemos que ir hacia un sistema integrado nacional, tenemos la ley de Empleo Juvenil que ya tiene media sanción y que va a ser un elemento fundamental para que estos jóvenes puedan entrar al mercado de trabajo y al mismo tiempo puedan seguir estudiando. Creo que eso es parte de los caminos.

P: -¿Y cuáles son los caminos que propone la derecha?

MR: Bueno, a mí el primero que me surge es el de encerrarlos, el de bajar la edad de imputabilidad. La derecha ha sido clarísima, no ha habido otra propuesta. No ha existido otra propuesta vinculada a adolescentes y jóvenes, y han salido con mucha claridad y mucha fuerza a juntar firmas para que los jóvenes de este país puedan ser sujetos de ser castigados. Han recorrido el país para que los jóvenes puedan ser castigados y, pucha, eso en el fondo lo que transmite es que “nosotros no confiamos en los jóvenes”, “nosotros esperamos poco de ellos”. En realidad no hay una postura de entender, de comprender ni de explicar, sino que hay una reacción de señalamiento y de palo. Y eso es desconocer que los jóvenes en este país hoy son sujetos de ser castigados, existen centros de privación de libertad, existe un marco legal específico que atiende esta situación. Los jóvenes son penados o reciben medidas alternativas. Eso en nuestro país existe, ha existido y va a seguir existiendo.

La derecha ha querido insistir darle el tratamiento a los jóvenes igual que a los adultos, y eso sería un error porque, en realidad, lo que hace es profundizar el problema. No me cabe la menor duda. Esa es la propuesta que la derecha ha venido machacando.

P: -Junto a ciertos niveles de violencia que se reproducen hacia los jóvenes, por parte del mundo adulto.

MR: -Lamentablemente, hay gente que se prende a esta cuestión. Creo que hay de todo, seguramente hay manija, y seguramente hay situaciones de gente que vivió cosas incómodas, complicadas de afrontar, situaciones donde ha sido víctima y, en ese caso, lo que cabe es comprender. Pero también es nuestra tarea entender que esas personas que cometieron un delito tienen que ser castigadas, penadas, y sobre todo recuperadas, porque estamos hablando de personas jóvenes que tienen toda una vida por delante y que tienen todas las posiblidades de transformarse. Porque esto también es parte de lo que dice la derecha: “hay tan baja expectativa de que esa persona pueda ser distinta…”, pucha y nosotros desde la izquierda, ¿no creemos en las personas? Creemos en los hombres, las mujeres, los adolescentes, creemos en la posibilidad de ser mejores y tenemos una profunda convicción y confianza en que las personas podemos cambiar y ser mejores. En eso el Estado tiene un papel fundamental.

Frente a problemas complejos, la respuesta espontánea es una medida contraproducente. El desafío es convertir estos centros de privación de libertad y las medidas alternativas en verdaderas estrategias que ayuden a la revinculación social, educativa y laboral. Ese es el camino, no hay otra forma. O sea, encerrar a una persona, que comparta la vida con otras que cometieron mayores delitos, con más experiencia, lo que hace es aumentar las posiblidades del delito. Entonces, aunque cueste entenderlo, la propuesta que surge desde la derecha y que muchas veces la levantan las redes sociales es contraproducente a los propios intereses que se están planteando.  

Un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s