Para Juan Raúl Ferreira, la “Teoría de los dos demonios” es una mentira con objetivos políticos de actualidad

La Ventana fue a buscar a Juan Raúl Ferreira para conocer su opinión acerca de un capítulo puntual de la lucha contra la dictadura cívico militar, pero se encontró con la memoria y el análisis de un testigo privilegiado de aquellos oscuros años, que entiende su papel como algo de gran actualidad política.

Lejos de la idea del testimonio histórico, el relator considera a las historias mínimas de su biografía como información valiosa para el análisis de una de las etapas más sensibles del país. Por eso, sabe que su historia no le pertenece. Y por ello se emociona.

En La Ventana, Juan Raúl Ferreira rompió los esquemas que se amplifican desde hace 40 años.

Los 8 de la 20

Yo siempre ando con una foto que me regaló mi padre por la dedicatoria, que fue cuando nos separamos en el exilio, él en Londres y yo me había quedado en Estados Unidos. La dedicatoria dice “No hay camino difícil con un buen compañero, un abrazo de tu padre”. Eso fue después de los asesinatos de Gutiérrez Ruiz y Michelini. Esa foto es saliendo de la única reunión que tuvo con el presidente Bodaberry, luego de los asesinatos en la seccional 20 del Partido Comunista.

Estaba cantado que iba a ser la última reunión. Mi viejo tenía una veta de locura muy grande, no sé por qué me llevaba a esas cosas pero mi madre, que vive, siempre se pregunta lo mismo. Yo estaba en clases, en el preparatorio del Seminario, me pasaba a buscar y yo no me daba cuenta que eso, con el correr de los años, después iba a ser un capital muy grande de memoria.

Y mi viejo le dice “¿Y qué más?”, y no le dice nada. “Pero falta lo más importante”, le dice a Bordaberry, que le responde: “yo te di toda la información que dispongo”, “-No, falta el ‘qué horrible, qué espantoso lo que te tengo que contar’, ‘qué tragedia’, falta eso, que es lo más importante de todo”. Se levantó y se fue sin saludarlo.

¿Por qué traigo a  colación este cuento? Porque yo tenía 18 años, iba al preparatorio, yo estaba “calzado”. El padre director, José Aguerre, que murió hace poco, sabía eso. Y ta, sabía que no era para uso en clase. Si uno se llega a enterar hoy que un legislador entra a sala armado sería un lío tremendo. Pero en aquellos años, los legisladores iban todos armados. Y los que trabajábamos con legisladores, también. Y yo me doy cuenta que eso es muy difícil de entender hoy, 40 años después.

Si tu mirás el programa de gobierno de mi viejo “Nuestro compromiso con Usted”, en la foto de tapa el fotógrafo se olvidó de corregir, pero se le nota una tirita, que era la sobaquera del revólver. Pero era una cosa totalmente normal. En muchas cosas era otro Uruguay.

Periodista: ¿Quién le parece que “se bancó” la dictadura?

Juan Raúl Ferreira: A mí me parece que, víctimas de la dictadura, fueron todos los que vivían en el Uruguay. Aún los que no eran conscientes de que no eran víctimas, porque vivían en un país donde no había libertad. Algunos eran conscientes y, quizás entonces, lo sufrieron más o sintieron más su peso.

Obviamente, los que tenían un familiar preso tenían, además, la carga de tener un ser querido en las condiciones en las cuales estaba. Y, bueno, se producían fenómenos increíbles a partir de la gente que estaba presa que se ha ido perdiendo de la memoria colectiva. Por ejemplo, cosas que eran irreprimibles, que estaban pensadas de una manera en la cual por lo menos el costo de reprimirlas o disolverlas fuera muy grande.

Un episodio con el cual yo me encuentro cuando hablo con gente más joven que nadie recuerda, que en navidad y año nuevo, en la ruta, sobre el penal de Libertad, los familiares iban y hacían un festejo colectivo con la música a todo lo que daba, para que llegara. De repente, uno de los familiares de alguno de ellos estaría siendo torturado en ese momento, un poco jugando con una hipótesis, pero aún ese sentía que la familia estaba allí, que no aflojaba.

El 9 de julio de 1973

Ahora que se va a conmemorar los 40 años de la manifestación del 9 de julio, que también es un tema que en ruedas de amigos de mis hijos yo lo cuento como una cosa natural y después digo “¡pero no saben lo que fue!, les tengo que contar quién fue Rubén Castillo para nosotros”. Yo hasta el día de hoy me acuerdo y se me pone la piel de gallina. Porque fue boca a boca, porque fue el primer panfleto clandestino que estaba firmado por el Partido Nacional y por el Frente Amplio –y eso no era en el exterior, era acá-, y por esa cosa maravillosa de Rubén Castillo recitando una poesía de García Lorca, donde cada párrafo terminaba “a las 5 de la tarde”. No mencionaba nada, leía la poesía. Y cada tanto, antes de la tanda, decía simplemente “a las cinco de la tarde”.

Fue tan impresionante cómo funcionó esa metodología que, te juro, yo me acuerdo y se me pone la piel de gallina. Yo estaba por 18 y Río Negro. La idea era que todo el mundo estuviera fuera de 18, sin lugar concreto de encuentro y, a las 5 en punto, todos a 18. Y a las cinco menos tres minutos yo miré y pensé: “esto fue un fracaso”, porque las veredas no estaban repletas. La gente se las arregló para estar adentro de una tienda, o se metían en las galerías, o estaban en alguna de las calles laterales. Pero a las cinco en punto, 18 de Julio se transformó en… es imposible de describirlo sin haber estado ahí.

Ahora, eso fue Partido Nacional y Frente Amplio, con un liderazgo notorio, desde el principio, de la CNT. Lo que desmorona totalmente la otra teoría, que es que la CNT estaba negociando un tema salarial y que la huelga general no era por el Golpe de Estado, etc. Quien viva en este país y crea que en un período de 15 minutos se puede iniciar una huelga general con ocupación de lugares de trabajo, si eso no lleva atrás una decisión política y una tarea organizativa previa muy importante… yo qué sé… no me parece serio creer esa otra teoría. A los 15 minutos del decreto de disolución de las cámaras, estaban todas las fábricas ocupadas, los lugares de trabajo, todo.

El Perseguido

Después había militancia conjunta del Frente y el Partido Nacional en el otro extremo, en las bases mismas. Sobre todo las coordinadoras en el Partido Nacional, y los contactos eran fundamentalmente con la juventud socialista y con la juventud comunista, gente que estaba totalmente clandestina. Y ahí salieron varias publicaciones, como el Perseguido.

El Perseguido se hacía en la casa de un viejo dirigente del Partido Nacional, Horacio Pola. Falleció hace muy poco, con 99 años (murió Pola y habíamos siete u ocho en el entierro, pregunté a las autoridades del PN si iban a hacer algo y no hay ni un retrato de él colgado). Se hacía en Cartagena 1633 y lo hacían jóvenes del Partido Nacional con jóvenes de la Juventud Socialista y la Juventud Comunista.

Ahora, esas son las historias que a mí me dan pena que se van perdiendo. Porque El Perseguido tenía dos o tres cosas muy importantes: primero, un lenguaje antidictatorial y, al mismo tiempo, común para que se sienta cómodo para el riesgo de escribir, imprimir y repartir, un militante blanco, o socialista, o comunista. En segundo lugar, el mimeógrafo lo guardaba Pola. Él no era para eso, pero sin embargo él prestaba su casa. Si alguien iba a caer en cana, el primero iba a ser él, por supuesto. Sin embargo, él transformó su garage en un centro clandestino, encargó una pared de yeso en la cual, en la puertita de atrás, estaba el mimeógrafo, una máquina de escribir Remington, etcétera.

Ahí fue donde yo conocí a Diego Achar, quien después fue uno de los mejores amigos de mi vida, (creo que tengo una foto mía con él y con Lula da Silva, cuando él era sindicalista y ni se soñaba con que fuera a ser dirigente político).

El problema que empezó a tener El Perseguido fue por una buena razón. El Perseguido no cayó porque encontraron la imprenta o porque llevaron presos a sus responsables. Empezaron a pegar cerca. Ahora, ¿cuánto daño real, objetivo, le hace a la dictadura, la distribución de El Perseguido? Porque fue una obsesión de la dictadura. Pegaron cerca, porque empezaron los allanamientos, Diego Achar se tuvo que exiliar, él estuvo preso y ya le preguntaban mucho si tenía algo que ver con El Perseguido, después llevaron preso a otra gente que le preguntaban mucho por Diego. En ese momento, además, Diego era militante de la UJC, después se fue del PC y terminó siendo secretario de mi viejo.

Pero la razón por la cual terminó El Perseguido es que la casa de Cartagena era lindera con la mansión que daba a la altura de Andrés Puyol, que era la residencia del embajador de México. En octubre de 1975 se exilian en el edificio Ciudadela, del centro, donde estaban las oficinas de la embajada de México, Carlos Borchi y Carlos Puchi, que fueron los dos primeros exiliados. Después de eso, ponían mucha custodia en la puerta del edificio Ciudadela. Hubo un caso, yo no se si fue Grille o el pato Landinelli, que vino al edificio y hubo un forcejeo, y en pleno forcejeo, el embajador Muñiz abrió las piernas, él se metió entre las piernas y cerraron la puerta. Quedó asilado.

Pero ya la oficina de la embajada de México pasó a ser un lugar muy difícil para asilarse. Entonces, la gente empezaba a ir a la casa del embajador. Después la casa también empezó a tener mucha protección. Entonces, se accedía de dos maneras, por lo menos. Una era la de un grupo de gente, entre las que estaba Oscar Lebel y Julio Castro, que hicieron un arreglo con el embajador para que ellos se encargaran de la gente que necesitaba refugio. Ellos se encontraban con la persona, coordinaban con el embajador para encontrarse en otro lugar, el embajador se llevaba a la persona y el propio embajador lo introducía a su casa. Eso fue lo que le costó la vida a Julio Castro.

Después de eso, la manera más sencilla para ingresar a la casa del embajador de México, fue la tragicómica. Porque de repente estabas comiendo un asado en la casa de Pola, o conversando y zas!!, alguien pasaba corriendo y saltaba sobre el muro. Pola, quizás fue un error, no sé… pero en aras de ayudar podaba las plantas para hacer más fácil el salto.

Entonces, la casa de Pola fue rodeada por la policía y, para entrar a la propia casa de Pola, había que presentar cédula de identidad. Una cosa increíble que en una casa particular tenías que mostrar la cédula, etcétera. Ahí quedó la imprenta de El Perseguido y nunca la encontraron. Ellos cerraron el acceso a lo de Pola, sin saber que ahí estaba El Perseguido, sin saber que ahí estaba la embajada de México.

Ahí tenés, El Perseguido no era una cosa que respondiera a una orden ni a una línea política, pero eran frentistas y blancos.

Organizar la resistencia 

Yo no me fui al exterior al principio. Después de esa manifestación (del 9 de julio), Seregni fue preso, entonces la interlocución con el Frente se hacía muy difícil. No todos los dirigentes blancos estaban muy entusiasmados en hacerlo, pero muchos sí. Carlos Julio Pereyra, o un caso que no se habla porque reconozco que es un caso muy curioso, porque era una persona extremadamente conservadora pero con un apego a la idea del Estado de Derecho que nos decía “bueno, si los colorados no van, no es un tema nuestro”, que era el senador Dardo Ortiz. Su cabeza no era “me siento cercano al Frente”, porque él no se sentía cerca. Su cabeza era “juntémonos, el que no quiere venir, no viene”, entonces él participó de muchas reuniones y eso no creo que esté incorporado a ninguna biografía de Dardo Ortiz. Él participaba en muchas reuniones.

Ahí yo coordinaba mucho con Óscar Botinelli, el actual politólogo, con Juan Pablo Terra, con Daniel Sosa Díaz, con Francisco Rodríguez Camusso. Y coordinábamos acciones en las cuales todo el mundo hacía un aporte distinto porque, además, la izquierda tenía –sobre todo el PC, el PS y ni que hablar los grupos más radicalizados, como el PVP-, tenían experiencia en clandestinidad. Nosotros no teníamos la menor idea de eso y, por eso, hacíamos todas las cosas al revés. Un desastre. No nos masacraron porque la misma improvisación nuestra la vivía la dictadura, que estaba mucho más preparada para desarmar un aparato clandestino, orgánico y sofisticado, que para la locura blanca…

Durante ese período lo que más hacía era salir al interior del país. En el interior, lo más que me pasó fue alguna vez que me pusieran a la orden y me devolvieran a Montevideo. Acá sí, en algunas oportunidades me detuvieron después que se habían realizado reuniones. Pero, digamos, no era un preso político. Me detenían de un día para el otro, dos días. Los 28 de enero, el día del cumpleaños de mi viejo, hacíamos festejos que tuvieran una connotación política, o una misa en el San Juan Bautista donde se cantaba el himno y el “Tiranos temblad” más fuerte, entonces el interrogatorio era “¿y por qué cantaron el himno en la misa?” “-Y yo qué sé…”, les respondíamos.

Después liberaron a Seregni. Cuando liberaron a Seregni, la acción conjunta empezó a ser mucho más fluida. En esa etapa, sin lugar a dudas, los aliados fundamentales eran el Partido Nacional y el Frente Amplio. E incluso –creo que el nombre lo puso él-, empezamos a realizar unas cosas que se llamaban “Jornadas de Acción Nacional”.

Después, en prisión, Seregni tuvo una visión distinta, de pegar por separado pero al mismo enemigo y todo para desaislar al Partido Colorado, que no quería hacer ninguna acción conjunta porque era su decisión.

Todas las ideas las daba Seregni, que tenía mucha imaginación para eso. Seguro que el nombre “Jornada de Acción Nacional” fue de él. Pero, siempre entre reunión y reunión, pensaba. Por ejemplo, un día se organizó una jornada de “no consumo”. De tres de la tarde hasta que cerraran las tiendas, nadie compraba nada. Y se vaciaban las tiendas. Era una demostración de fuerza, no te podían forzar. Después se hicieron dos o tres apagones voluntarios, que ya eran más riesgosas, pero también muy difíciles de reprimir. A las nueve de la noche todo el mundo apagaba la luz, entonces se notaba. A pesar de que todo era muy precario, se notaba. En una de las oportunidades, se rompió uno de los aparatos en la central Batlle, por la caída de tensión que fue demasiado brusca.

Y nosotros, de repente, le dábamos al resultado de esas cosas más importancia de la que tenía, de erosionar a la dictadura. Pero era muy importante igual, porque el objetivo de una movilización de ese tipo, obviamente, es hacerle daño a la dictadura. Pero en una primera etapa es ganar confianza en el hecho de que se pueden hacer cosas. No sé por qué todos los uruguayos creíamos que si se apagaba la llama de la chimenea de ANCAP, caía la dictadura. Era como un mito que había. Se apagó y no pasó nada. Después siguió la dictadura unos diez años más… Pero fue muy importante que se apagara, era la sensación de que se podían hacer cosas y que juntos se lograban cosas.

El inicio del exilio

Había alguna gente que se había exiliado, pero mucha gente se había quedado en Argentina. Otro se quedó en Argentina, clandestina. Empezaron a haber muchos exiliados comunistas en México saliendo por la embajada, muchos tupas se habían ido a Suecia antes, muchos que habían estado en Chile. Había todo un exilio retrasplantado a Europa después del golpe de Estado de Allende. Y cuando esas experiencias que estábamos haciendo empezaron a hacerse más difícil, primero por la prisión de Seregni, después porque a mi me detenían cada vez más a menudo. La última vez en condiciones más duras. Yo creo que como señal… yo también empecé a sentir la responsabilidad de no ser un rehén.

Concretamente en un momento yo le había armado a mi viejo un viaje que Michelini nos ayudó mucho a armar y a estructurar que fue como la primera experiencia que hicimos de la diplomacia del exilio. Y tres días antes voy preso. Entonces mi vieja me cuenta que mi viejo estaba desesperado porque dice, “yo tengo que ir, no le puedo hacer esto a Juan. Además se va a sentir que además que está preso, yo no hago el viaje”. Pero era un desordenado bárbaro, si yo no le daba la lista de las citas y todo… afortunadamente, a los cuatro o cinco días me soltaron.

Yo me fui para Argentina y después ya no volví. No era mi idea. Mi idea era acompañarlo al viaje, esperar que las cosas se tranquilicen. En ese viaje ya había varios exiliados en México. Fue en Venezuela, México y Estados Unidos. Sobre todo en el viaje a Estados Unidos conocimos a Kennedy, que después, hay dos personajes americanos, un misterio, que más allá de la solidaridad política, cuando lo más taquillero electoralmente para Estados Unidos era Chile, Argentina, dramas más tangibles que acá el presidente había sido electo.

Pero hubo dos tipos que se echaron el tema de Uruguay al hombro en Estados Unidos y que además establecieron una relación personal y humana conmigo y con mi familia muy especial, que fueron el senador [Edward] Kennedy y el congresista [Ed] Koch que fue quien hizo la enmienda cortando la ayuda militar y que en Estados Unidos fue famoso porque fue alcalde de Nueva York durante 20 años. Pero acá es el que hizo la enmienda Koch. El viaje fue un éxito muy grande pero nos quedó sabor a poco. Es decir, yo me acuerdo sobre todo cuando nos fuimos a Estados Unidos y bueno, acá hay mucha cosa para hacer. Y ahí sí que no había exilio.

 

El aleteo del Cóndor y los gestos solidarios

La parte que te voy a contar ahora se asemeja mucho más a una película de mal gusto yanqui… pero bueno, así fueron las cosas. Mi viejo tenía un tambo como a tres horas de Buenos Aires. Teníamos un monoambiente en Buenos Aires para cuando íbamos, tener donde quedarnos en la noche. Lo del tambo era primero la necesidad del viejo de trabajar.

En Buenos Aires no te sentís totalmente exiliado porque te encontrás con un uruguayo por cuadra y no te sentís acá porque no estás acá. El exilio lejano te ayuda más a decir “bueno, yo voy a encarar esto, no puedo tener la valija armada atrás de la puerta porque no se va a saber cuánto va a durar, voy a hacer todo lo posible para volver al día siguiente, pero puede llevar meses, años”.

Buenos Aires fue un exilio feo desde ese punto de vista. Y el 18 de mayo les anuncio a mis viejos que me vuelvo para el Uruguay. El 19 de mañana viajaba un amigo mío a buscarme para que hubiera alguien en el avión por si pasaba algo. Y cuando yo llego en tren a Buenos Aires, me voy a ver al Toba Gutiérrez… él tenía una despensa, un almacén. La señora me dice que todavía está en el almacén, me tomo un taxi, llego en el momento que está bajando la cortina. O sea cinco minutos más tarde no lo encontraba.

Recordemos que no era época de celulares. Entonces le digo, “sabés que tengo ganas de irme mañana para Uruguay”. Le pareció bien. Era un optimista patológico. Fui a cenar con él. Nos despedimos en realidad. Yo no tenía dudas que al otro día de mañana me iba. De ahí me fui caminando y me fui hasta el hotel Liberty, que era donde estaba alojado Michelini que estaba con su hijo Luis Pedro. La amistad de mi viejo con Michelini es muy previa al golpe, desde que eran diputados los dos, siempre hubo una afinidad muy especial entre ambos. Entonces me siento, les cuento, y Michelini le pide a Luis Pedro que suba a la habitación que él ya va. Es la única vez que recuerdo haberlo visto abatido.

Totalmente abatido. Yo se lo adjudiqué al cansancio. Me dijo “mirá, estás totalmente loco. No tenés idea de lo que estás haciendo. Ustedes se tienen que ir, pero no a Montevideo. Se tienen que ir lejos de acá. Yo no me puedo ir, no tengo pasaporte. Tengo que alimentar diez hijos. Ustedes todavía tienen el pasaporte válido por un año más. Se tienen que ir”. Le digo, “pero yo me voy mañana para Montevideo”; me dice, “prometeme una sola cosa. Almorzamos juntos mañana y conversamos el tema”. Yo cruzo en frente, como muy confundido y no llegué ni a acostarme que me golpean la puerta, era ya muy tarde. Era el hijo de Gutiérrez Ruiz a decirme que se habían llevado al padre. Fijate como uno genera una caparazón para no convencerse de lo obvio. Sobre todo ante el peligro.

El perro olfatea el peligro de lejos y para las orejas. El ser humano parece que se construye barreras psicológicas… porque yo me acuerdo que en ese período hablábamos de “se lo llevaron preso”. Lo sacaron descalzo con una capucha en la cabeza, de pijamas y con las manos atadas con alambre. Obvio que era un procedimiento no oficial. Cruzamos Avenida Corrientes para contarle a Michelini. El hotel Liberty era un desastre, las mesas tiradas, el bar todo roto. Recién ahí empezamos a adquirir conciencia y no sé si del todo. Fue una experiencia muy traumática, muy horrible. A mi viejo lo mandamos buscar al tambo. Estuvo casi 24 horas yendo de bar en bar y una persona nos decía dónde estaba porque no teníamos acceso a las embajadas. Las embajadas estaban todas cerradas. Entonces nosotros teníamos que hacer todos los esfuerzos por encontrar al Toba y a Michelini y al mismo tiempo un esfuerzo a donde llevar a mi viejo.

Finalmente dimos con el representante de las Naciones Unidas en Argentina, que había sido representante en Uruguay. Yo lo conocía de niño. Esto fue a las dos y pico de la mañana de la noche siguiente. Yo lo cuento y parece todo tan raro, golpear en el apartamento del representante de Naciones Unidas, que el tipo te abra.

Entonces yo iba con un muchacho que trabajaba con el Toba, que era el que iba y venía y el que me decía dónde estaba papá. Me dijo el diplomático, “bueno, tu quedate contándome todo pero no perdamos más tiempo. Tu andá a buscar a Wilson y a la señora y que vengan para acá”. Mientras esperábamos me contó que él estaba en República Dominicana, como representante cuando la invasión yanqui. Y en determinado momento un sheep del Ejército tiró abajo el portón, entró y era un soldado con el presidente Juan Bosch. Y el soldado le dijo: “embajador le vengo a entregar el símbolo de la patria”. Era un soldadito de bajo nivel cultural. Entonces me cuenta que el embajador le dice “usted también se queda”. Le responde el soldado: “no, yo tengo que pelear por mi país”. Y en la puerta de la Misión de Naciones Unidas lo mataron. Mientras seguíamos conversando de eso, llegó mi viejo, yo me fui… y mamá y yo andábamos a monte.

Ahí nos fuimos a ver, a pesar de la hora inapropiada a lo de Raúl Alfonsín, que no era un personaje todavía, era el líder de la minoría de la Unión Cívica Radical. Pero presidía la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. También nos recibió de pijama. Le contábamos y nos dijo “a esta hora nada, pero desde temprano de mañana vamos a empezar…” y empezó a hacer una lista de gente… nos íbamos y nos pregunta “¿y ustedes dónde se van a quedar? Esa noche nos quedamos en lo de Alfonsín. Más allá de toda consideración política, no debería olvidarme, él se acababa de separar de la señora, nos dijo que “el único problema que tengo es que el dormitorio de huésped tiene una cama de matrimonio”. De noche, yo que soy un loco de tomar agua, voy a la cocina a tomar agua y me encuentro a Alfonsín durmiendo en el sofá. Se ve que tenía un solo dormitorio.

Debo decir que tuvimos una reunión con Bergoglio, a quien yo conocí como embajador en Argentina cuando fue arzobispo. La verdad que él fue excepcional. De esos tipos que vos ves, que si no sabe qué más hacer por lo menos te transmite cosas para levantarte el ánimo. El nuncio apostólico no nos dejó entrar en la nunciatura. Nos recibió en la puerta, el hijo del Toba, a mi madre y a mí, y nos dijo “¿eran guerrilleros?”. Dijimos no. “entonces no tienen nada que temer”. Y nos cerró la puerta. Piolagui. La Iglesia oficial estaba muy jugada al golpe, pero Bergoglio en ese momento era provincial de los jesuitas. Cuando yo voy de embajador y él es arzobispo, establecimos una relación muy linda porque en la primera visita él ni se acordaba. La visita protocolar que le hice le dije, “creo que no se acuerda que nosotros nos conocimos”, en la provinciatura del colegio El Salvador, que es donde vivía. El nexo mío con Alfonsín era el doctor Rulé. En determinado momento éste dice “Alfonsín quiere hablar contigo”. Yo me imaginé lo peor. Luego Alfonsín me dijo “aparecieron, muertos en un auto. Yo quiero ir a hablar con la familia Michelini. Antes de hablar con la familia de Gutiérrez Ruiz hablá con tu viejo”.

Con mi viejo nos abrazamos. Ahí me pasó esa cosa tan rara que después llega el desquite. Yo no podía llorar. Papá se rompió en un llanto en seguida. Yo no podía. Nos fuimos a lo de Gutiérrez Ruiz que era cerca y Matilde cuando nos vio se dio cuenta de todo. Después la tragedia siguió, porque demoraron 24 horas en darnos los cuerpos, hubo que hacer tres reconocimientos distintos, tuvo que ir la familia, después no sé por qué tuve que ir yo con un médico, nos trataban mal en la comisaría donde estábamos. Después empiezan los velatorios que fueron muy cortos. Al otro día la embajada de Uruguay dispuso la expatriación de los restos en el Vapor de la Carrera, pero siempre y cuando embarcaran a primera hora de la tarde. Era simplemente cagar el velorio. Querían evitar movilización, solidaridad.

En ese momento mi viejo se va de la casa de Gutiérrez Ruiz, porque había un periodista francés, corresponsal de Le Monde, que lo saca en el baúl del auto y no pasó nada. Pero ya veíamos nosotros desde lo del Toba los famosos ford falcon blanco. Hasta ahí hubo un par de horas, que entró, casi con un despiste total el embajador de Austria. Había habido una campaña internacional muy fuerte que había conducido un profesor de la Universidad de Jerusalén que estaba haciendo el año sabático en Amnisty, una campaña impresionante. Llegó y nos fuimos con forcejeos.

Cuando salimos con el hijo del Toba nos empiezan a tironear. Cuando llegamos a las Naciones Unidas el embajador me hizo bajar con él en el brazo. Ya estaba rodeada la sede de Naciones Unidas por personal militar oficial. Con el paso del tiempo me doy cuenta que presenciamos un hecho que después iba a ser muy relevante. Nosotros pensábamos en la barbarie. El Plan Cóndor como presión organizativa no existía. Pero eso era el Plan Cóndor como había sido el asesinato del General Prats. Cuando papá se despide del embajador Navaja que era boliviano, él le pide que se venga con nosotros y el ex presidente de Bolivia General Torres. Papá llama por teléfono al General Torres, le dice “mire me estoy yendo con mi hijo a la embajada de Austria. El embajador me dice que con gusto lo invite a usted…” Y Torres le dice, “mire, a mi no me van a hacer nada porque soy militar”.

Diez días después, que fue lo que demoró en tramitarse el salvo conducto, nosotros llegamos a París y estamos dando una conferencia de prensa en el aeropuerto y nos arriman un papelito que dice “acaban de matar al General Torres en Buenos Aires”. En el plazo de muy poco tiempo en Buenos Aires mataron una figura muy relevante chilena, dos figuras emblemáticas uruguayas, y un ex presidente boliviano. Yo llego a Washington con mi viejo que va a declarar al Congreso, cuando él se vuelve decido quedarme ahí. El primer tipo que me abre una puerta para tener un escritorio con una oficina y tener un sello para tener una representatividad de algo, fue Orlando Letelier, a quien yo conocí un 18 de setiembre en la fiesta nacional chilena. Él hacía la contrafiesta. Había sido embajador de Washington. El 19 de setiembre me prestó una oficina en el instituto donde trabajaba. Tres días después lo matan. La tragedia no era la mía, era lo que estaba pasando.

En mi experiencia, en mi relato, la muerte de Letelier fue lo más cerca del fin del mundo que yo estuve, porque era la sensación de que no había escapatoria. Nos exiliamos, nos quieren matar en el exilio. Yo me vengo a Estados Unidos, y en plena capital de Estados Unidos, desde dentro de la embajada de Chile le vuelan el auto a Letelier. Ahí se produce un fenómeno que yo he tenido presente y que me ha cambiado mucho la vida, aún ahora de viejo. Es impresionante la cantidad de gente que se dio cuenta de esto. Hubo gestos de solidaridad absolutamente impresionantes. Un matrimonio a quien yo no conocía, ella estaba vinculada a Amnisty, me llevó 15 días a vivir a la casa hasta que me encontrara más tranquilo. El dueño de la casa se llamaba William Styron el autor de la novela “La elección de Sofía”.

Yo empiezo a mirar para atrás, yo no digo que compense ni nada, pero empiezo a pensar ¿cuáles fueron los momentos más terribles? El secuestro del Toba y de Michelini, y siempre en el momento de la tragedia aparece una mano solidaria anónima. Cientos de casos. Pongo uno. Cuando estamos por subir al avión para irnos con el embajador de Austria caminando al lado nuestro, yéndose al avión, aparece un tipo de mantenimiento de los aviones, cruza la línea que había hecho la Fuerza Aérea para que nadie se nos pueda acercar, le da un abrazo a mi viejo y le dice “mucha suerte. Los argentinos no tenemos nada que ver con lo que les hicieron”. Mi viejo en el avión me dice: “te das cuenta que no sabemos cómo se llama, nunca le vamos a poder agradecer, pero además nunca vamos a saber qué fue de él”. Probablemente de perder el trabajo para arriba. De repente en la Argentina de ese momento lo limpian. Hay una cosa de esa solidaridad a flor de piel que aparece en los momentos más difíciles, que es una constante que te permite vivirlo. Es la diferencia total.

Relato esto porque el otro día en las actividades que hizo la Intendencia de Montevideo con la Facultad de Ciencias Sociales, una de las últimas mesas fue sobre el exilio y a mi me tocó estar en un panel con el Vasco Urruzola, con Benjamín Liberoff y dos jóvenes que vivieron el exilio de niños. Uno en una familia que no le quiso contar lo que estaba pasando para no angustiarlos y el otro la familia había decidido hacerlo partícipe de todo lo que estaba pasando. Los tipos ahora, jóvenes pero no niños, están escribiendo la historia de su niñez, es decir que están viendo la historia desde otro lado.

Después nosotros tres hicimos anécdotas del exilio. Y para mi sorpresa, el más llorón de todos soy yo y me lo banqué, me encuentro que el Vasco, que además lo tengo como un tipo duro, de repente en la mitad del relato se calla. Cuando el silencio se hace demasiado largo miro y estaba llorando como una criatura. Entonces alguien del público dijo, “sigamos…” y él dijo “no, no, yo quiero hacer mi relato”. Y los 15 minutos finales de su exposición los hizo llorando. El último en cerrar fue Benjamín Liberoff. Además de las circunstancias políticas una cantidad de tragedias familiares que uno no sabe cómo se mantiene en pie, hizo todo su relato llorando. El público eran todos exiliados. La gente pedía el micrófono, hacía tu testimonio, lloraba. Silvia Dutrenit que estaba en la mesa dijo “qué brutal que tengamos que estar esperando a los 60 para haber aprendido a llorar y a reconocer que tuvimos miedo”.

Ese es otro gran tema. Asumir, “¿y cómo la pasaste? Y con un susto espantoso”… había un prurito, como que ser valiente era no tener miedo. Yo me fui a casa con una sensación rarísima, y pasó una cosa casi que mágica, que es los cuatro, Silvia, el Vasco, Benjamín y yo, nos mandamos casi que simultáneamente un mail, cada uno a nosotros tres. Parece que lo hubiéramos redactado juntos, casi que idénticos. Básicamente en tono de “no tengo claro qué pasó, pero fue muy lindo y no puede quedar ahí”. Esto quiere decir que hay algo para hacer colectivamente.

La semana que viene nos vamos a juntar. Lo que es un hecho es que se ha perdido el miedo a la emoción, el miedo al miedo. Y se da concomitantemente con estas mujeres que fueron violadas y se lo contaban entre ellas hasta que dijeron “tenemos que salir a decirlo”. No debe ser fácil.

La noche antes yo había estado en el municipio de Ciudad de la Costa donde pasaban el micrófono entre el público, y cada uno contaba qué recordaba. Y un tipo, Wilson Santos, contó cómo de casualidad Michelini lo salvó de ir a Automotores Orletti. Michelini iba mucho a migraciones a ayudar a la gente con sus papeleos. A este tipo lo recogieron ahí, entonces gritó “Zelmar, Zelmar”, y Michelini metió pechera, salió el camión y él quedó ahí. Y el tipo vaciló a ver si el relato terminaba ahí. Fue muy impresionante porque a mi me dio la sensación de que él quedaba con la impresión de que el cuento no era completo. Y contó: “pero yo les quiero explicar, que me entiendan, tenía los pantalones sucios. Porque me hice pis y me hice cacá”. El tipo tenía la necesidad de decirlo en público. No sentía que era una cosa indigna lo que le había pasado.

Yo creo que este es un momento que luego de 40 años, en la sociedad civil, está habiendo una reacción distinta, que la que vivimos aquellos tiempos, y hay una sociedad atenta en la que nosotros tenemos que tomar nota que la gran mayoría de la misma no vivió todos estos hechos.

La Convergencia Democrática

La Convergencia Democrática empieza en el exilio. Fue una bola de nieve. Empezamos haciendo algunas acciones conjuntas y hubo en el inicio una especie de contrato de conveniencia recíproca. Los blancos éramos mi viejo y yo, no teníamos infraestructura para hacer nada.

El Partido Comunista tenía una bruta infraestructura, el Partido Socialista tenía la suya, no tan grande, pero no llegaban a los mismos lugares que podíamos llegar. Aunque suene un panfleto la lucha tiene eso, va generando cosas. Entonces empezás a militar juntos hasta por un poco de conveniencia hasta que empezás a descubrir valores comunes, se van generando afectos, y sin lugar a dudas cuando se llega al momento del regreso, había una conciencia común y colectiva de que ahí había, no organizativamente, sino como voluntad política un proyecto político.

Hay un discurso que por algo no aparece en ninguno de los libros oficiales de mi viejo. En un desayuno de trabajo con la Convergencia en un hotel en México, donde él dice “tenemos que derrotar la dictadura entre todos y luego reconstruir el Uruguay entre todos y un gobierno de unidad nacional quiere decir de unidad nacional y sin exclusiones”.

Periodista: ¿Hay una deuda política con respecto a esos tiempos?

JR: Sí, claro.

P: ¿Pudo haber sido un proyecto?

JR: En el Partido Nacional había una dependencia muy grande en el exilio porque la máxima figura estaba en el exilio. En el exilio en su conjunto, a diferencia de otros exilios; el exilio chileno no era así, el exilio argentino tampoco. Nosotros estábamos las 24 horas pendientes de cualquier cosa de acá. Muy pendiente de todo lo que pasaba acá. No había una lógica de actividad de exilio que no estuviera muy vinculado a una lógica de lo que estuviera pasando dentro del país.

Como dijo el otro día Benjamín Liberoff, que si no fuera por eso, no tenía explicación que un país pequeño, cuasi desconocido, terminara movilizando más que cualquier otro exilio. Es decir presidentes, partidos políticos de gobiernos. Él contaba que la única vez, en muchos países donde había más de una central obrera, la única vez que se habían juntado la diversidad de centrales obreras, había sido para coordinar acciones con la solidaridad del PIT-CNT. La única reunión, hasta el día de hoy, de la internacional socialista, con la internacional liberal y la unión mundial demócrata cristiana, fue para festejar el primer año de la Convergencia. Fueron los tres secretarios generales a México.

Lo que no había, salvo casos de circunstancias muy especiales, un complejo “yo estoy exiliado y otra gente está sufriendo en Uruguay”. Porque además la mayoría de los exiliados fue gente que se quedó todo lo que pudo.

La Convergencia empezó a hacer el exilio más eficaz y lo hizo. Luego tuvo dos tropezones con la salida de la dictadura. El primero fue que Seregni no era partícipe de esa visión. Él tenía quizá más diferencias desde el punto de vista programático.

Él era más partícipe de la posición colorada de pegar por separado. Los tupas no estaban integrados al Frente Amplio y además no estaban muy divididos, los seispuntistas, los renunciantes. El Partido Comunista y el Partido Socialista tenían una visión distinta, pero eran esencialmente frenteamplistas. De todas maneras, después del regreso se actuó mucho en forma conjunta en el Parlamento y había un estilo de plantear las cosas distintas de los colorados, del Frente y del Partido Nacional.

La primera sesión de la Asamblea General, cuando todavía no había asumido Sanguinetti, cuando el Parlamento asume 15 días antes, lo primero que se presenta es una moción firmada por blancos y colorados, pidiendo la libertad de los parlamentarios presos. El Partido Colorado quería vota otra… la pacificación del país… no, no… eran dos lógicas distintas. El golpe mortal a todo ese acercamiento fue la Ley de Caducidad.

Y Sanguinetti que es un gran arquitecto de, más que lograr acuerdos, desarmarlos. Mi viejo de chico me decía: hay dos cosas en la vida que no se puede ser: chorizo y mal agradecido. Y no hay que ser desagradecido, él me hizo embajador a pesar de que yo estaba en la oposición. Pero en esta etapa me parece que está cumpliendo un papel de destrucción de la verdad que es muy jodido.

Hace poco vino una uruguaya que vive en Francia que hizo una película sobre la transición, entrevistó a Sanguinetti y luego que la película estaba editada, recibió la visita de los abogados de Sanguinetti prohibiendo usar la imagen de él. Ella no inventó nada, puso lo que dijo. Ella le preguntó, cómo se sintió usted cuando supo que era presidente electo, su principal adversario estaba preso, y el otro proscrito. Y él dijo, “no voy a contestar esa pregunta” y se sacó el micrófono.

Hay que vencer unos desafíos que no son fáciles. Es taquillero, con los problemas que tiene la gente, plantear una posición falsa que es o hablamos de la seguridad, la educación pública y de la educación o del pasado. Y los que vivimos aquella época, nos quedamos en una transmisión de la memoria que entendemos nosotros, porque lo vivimos.

La Ley de caducidad

Cuando yo empecé a trabajar para la anulación de la Ley de Caducidad fue por un motivo distinto de aquel por el cual estoy en contra. Yo empecé pensando: “si esto fue una necesidad de una emergencia en la transición, hoy no estamos ni en emergencia ni en transición, volvamos al estado pleno de Derecho”. Esa fue mi actitud por la cual yo me acerqué a la Comisión de Anulación. Pero después de que me metí en el tema, me di cuenta de algunas cosas que no me hubiera dado cuenta.

Hay dos cosas que son muy difíciles de reparar y que, a mi juicio, son consecuencia de la Ley de Caducidad. La primera es la ruptura del Frente Antidictatorial. Es decir, a partir de la Ley de Caducidad cambió cualitativamente el diálogo del Frente Amplio con el Partido Nacional y uno empezó a escuchar elogios a Wilson de gente que no…, yo que sé, que a mí me costaba entender qué es lo que estaba pasando. Pero yo creo que, durante los 12 años, dentro y fuera del país, se fue generando un acercamiento de objetivos, de acciones, de visión de la lucha, etcétera, que no fue entre todos los partidos, fue entre el Partido Nacional y el Frente Amplio.

 

El discurso de Wilson en Kiyú

Ahí hay un matiz, que yo todas las noches discuto con mi madre, que tiene una memoria brutal, pero tiene 93 años… ella dice que Wilson lo hizo para evitar un Golpe de Estado. Yo creo que hay un matiz ahí. La preocupación de Wilson, más allá del acierto, del error de la medida, no era un Golpe de Estado. Porque además, por temperamento, por manera de ser; si el planteo era o votan la ley o un Golpe de Estado, estoy seguro que no la votaba.

Lo que él tenía mayor preocupación era que no pasara nada, es decir, que los militares no fueran a declarar, las citaciones siguieran en la caja fuerte del General Medina y los senadores siguieran yendo y los diputados… entonces como una ficción de la democracia, donde las resoluciones judiciales no se cumplían y ni siquiera había Golpe de Estado. Eso le preocupaba mucho más que el Golpe de Estado. El Golpe de Estado se identifica… el desacato… con todo fue una decisión muy difícil para él y dudó mucho y vaciló mucho y tuvo muchas dudas hasta el ultísimo momento.

Pero por ejemplo, alguien que hizo un acuerdo, que lo nombraste, Diego Achar, que era secretario de él estaba en contra. Diego no era partidario de votar la Ley de Caducidad. Pero cuando se decidió, fue de los tipos que se recorrió el país y salió a explicarlo. Para mí es un ejemplo de militancia porque él creía lo que pasó: que los colorados al otro día iban a decir que no había ningún riesgo institucional, que no iba a pasar nada. Y fue exactamente así.

Al otro día Tarigo salió y dijo “no, esto es constitucional, es para pacificar al país”. Hoy se ha escrito una historia totalmente distinta. A mi me llevaron una vez en TV Ciudad a un ciclo que se llama los personajes, que llevan a alguien, en este caso el personaje era mi viejo, y después pasan videos, y aparece García Costa y le preguntan, “¿por qué se votó la Ley de Caducidad? Y bueno, porque había dos bandos, entonces se le dio la amnistía a uno”… y eso es opinable, es mentira, no fue eso lo que pasó. A mí que me muestren un solo cartel de la campaña electoral del 84 donde nosotros dijéramos pacificación con la caducidad. Nosotros teníamos carteles que decían amnistía general e irrestricta a todos los presos políticos. Era eso, la campaña fue eso. Eso hacía mucho más doloroso todo el episodio, porque en realidad iba contra lo que nosotros habíamos pactado con la gente.

Los demonios en la Asamblea General Extraordinaria

Cuando terminó la sesión extraordinaria de la Asamblea General, me encontré en el ascensor con el capitán Óscar Lebel, que había sido, además, homenajeado por algunos oradores, etc. Me dijo una frase maravillosa: “Empezó la sesión con los dos demonios, terminó con 500 demonios”. Y yo, que soy muy afecto, lo digo con sinceridad, me cuesta mucho exteriorizar el dolor en algunos momentos muy dramáticos en mi vida personal. Pero de la misma manera en la cual soy muy duro para algunas cosas, soy muy emotivo, las cosas que me emocionan muchas veces me conmueven hasta las lágrimas. Y yo estaba convencido de que iba a una sesión en la cual yo corría el riesgo de emocionarme mucho. Y no me pasó, no me emocioné. Me sentí muy mal en la sesión de los 40 años.

Aún no se conocía el linchamiento que le hicieron al único que hizo una autocrítica, que fue Ope Pasquet. Pero independientemente de las pedradas que le tiraron, me fui con una sensación fea. Primero, porque tenía muchas expectativas en el acto y, para mí, tenía una simbología muy grande, porque 40 años antes yo estaba ahí abajo con los legisladores, y ahora estaba en un palco, en mi condición de presidente de una institución creada y nombrada por el Parlamento democrático. Entonces, las condiciones se daban para que fuera una cosa muy removedora y muy emotiva.

Lo que pasa es que no hubo conmemoración del Golpe. No solamente se arrancó con la “teoría de los dos demonios”, sino que la sesión fue dedicada – con la única excepción de esa frase de Ope-, a que cada partido buscara la cuota parte de responsabilidad de los otros dos.

Muy pocas veces…, yo no me acuerdo de alguna vez en la cual haya coincidido con Ope Pasquet, siempre estamos en desacuerdo. Le tengo mucho aprecio personal, pero siempre estamos en desacuerdo. Incluso en temas vinculados a la INDDHH (Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo). Pero me sentí muy gratificado de que alguien diga: “yo voy a decir qué parte de la culpa me toca a mí”. Fue el único. Hubo un legislador que, prácticamente, no habló del Golpe. Habló de la responsabilidad que los demás habían tenido en traerlo.

En eso, todos tenemos recuerdos distintos. Hay una campaña muy sistemática. Desde hace algún tiempo –y esto va a sonar muy irreverentemente-, he dejado de calificar esa teoría de los dos demonios, de equivocada, a empezar a calificarla como mentirosa. Porque equivocado es una visión que yo no comparto, pero cuando yo creo que, el que la dice, sabe que no es verdad, es una mentira. Pero está la versión ésta de los dos demonios. Que es muy taquillera, pero que reposa en reescribir la historia de una manera que no fue.

Que el Golpe de Estado fue para detener y reprimir a los tupamaros, no solamente no responde a la realidad, porque más de un año antes no había habido ninguna acción tupamara –porque además la habían diezmado militarmente al movimiento ni en el 72, tampoco en el 71 ante la tregua por las elecciones, así que por lo menos hacía un año y medio que no había acciones tupamaras-. Entonces, decir que fue por la lucha contra los tupamaros no es un tema opinable. Es mentira.

Yo tengo mi visión. Puede ser compartida  o no, no es mentirosa. Yo creo que los fuegos del pachecato trajeron el incendio del Golpe de Estado. Admito que alguien tenga otra teoría, que la exponga. Pero sobre la base de opinar, no de inventar.

Lo mismo que lo del apoyo de la izquierda a la dictadura… Eso sería como un acto de masoquismo. Porque hubo rachas, en el 75 el objetivo de la persecución y la tortura fue el Partido Comunista, y cargó con un peso de resistencia tremendo, porque los tupas ya estaban muy diezmados.

Pero la teoría de los dos demonios fue, simplemente, una forma de justificar. Un pretexto. Yo encontré, en las famosas declaraciones de mi viejo en las Naciones Unidas, una frase donde él lo dice expresamente, y en aquel momento para el Partido Nacional lo que decía Wilson era vox dei: “lo de que el Golpe de Estado fue a causa de los tupamaros, es una gran mentira”. Textualmente lo dice.

Toda la lógica que se está dando, incluso más allá del tema de la dictadura, reposa en deformar cómo fue la lucha y el proceso de la dictadura. Toda esta cosa del “partido rosado”, que si para la intendencia, que si capaz para las municipales entonces también para la presidencia, que sí, que no…, que en el balotaje necesariamente si gana uno entonces se vota al otro… Yo creo que todas las mentiras sobre el pretexto del Golpe de Estado tiene que ver con eso: no es simplemente un tema de engañifa histórica, tiene que ver.

Porque además, todos los que dicen “no hay que anclarse en el pasado”, son los que más hablan del pasado. “¡No hay que anclarse en el pasado ni hablar de los torturadores! Porque, además, el Golpe fue culpa de los tupas y el presidente fue guerrillero”. Bueno, ¿hablamos del pasado o no hablamos del pasado?

En un intercambio de Twitter yo le preguntaba a Pedro Bordaberry “y bueno, dónde pasamos la raya? de Artigas, podemos hablar sin que nos digan “imbécil”, desde Lavalleja o desde Gestido?”. Si no, suprimimos la historia como materia.

Yo creo que lo que pasa es que no es solamente un justificativo de un Golpe de Estado, sino el proyecto político que se enfrentan en este momento.

Porque, por ejemplo: la idea de que los blancos tienen que acordar necesariamente con los colorados, no es así. Desde que aparece el Wilsonismo en el Partido Nacional, eso no es así. Nunca fue así. Yo no recuerdo desde la irrupción del liderazgo de Wilson en el PN, ni un solo acuerdo con el Partido Colorado. Recuerdo muchos con el Frente.

Cuando en 1972 gana Bordaberry, por primera vez el presidente de la Cámara no es del partido de gobierno, porque el Frente y el Partido Nacional acuerdan votar a Gutiérrez Ruiz. Y al año, tres meses antes del Golpe de Estado, lo reeligen.

¿Dónde está la historia y la tradición de los acuerdos? La Convergencia Democrática era un acuerdo con el Frente en el exterior, porque era afuera donde se podían manifestar. También esa idea que utilizan algunos dirigentes que era un proyecto de Wilson, pero sólo para el exterior, es una cosa como muy subestimativa del personaje. “Ésto es mi proyecto político pero de la frontera para afuera, de la frontera para adentro creo todo lo contrario”.

Sanguinetti propuso un acuerdo, con participación ministerial y todo. Pero Wilson dijo “gobernabilidad sí, tirar de la piolita lo que se pueda, para que no se rompa; pero acuerdo no”. Y eso entra ya dentro de lo opinable: yo creo que la unidad que se generó en la lucha contra la dictadura hacía pensar en un futuro, que después quebró, lamentablemente (y yo me hago cargo, va en mí mochila, entre otros), la Ley de Caducidad.

Los “sesentones”

Este tema, es un tema al cual, quizás demasiado tarde, yo le he empezado a prestar muchísima atención y estoy armando reuniones con gente de mi generación para hablar de ese tema.

Una persona de 50 años ya es una persona grande. Y tenía 10 años cuando el golpe de Estado. Entonces, los esfuerzos de memoria no han tenido eso en cuenta. Una vez a la semana tengo un programa de comentario internacional, con Alejandro Camino. Pero de vez en cuando se escapa algún comentario, alguna anécdota sobre el golpe. Y Alejandro, que es un periodista profesional, da un pasito atrás y aclara: “recordémosle al oyente que…”, porque uno parte de cierta base. “Ayer declaré en el juicio de Bardesio”. Pero el 80% de la población no sabe quién era Bardesio, no saben por qué fue preso, ni porqué tenía que ir yo a declarar a ese juicio, etcétera. Creo que es un error que, como cada año ha sido un año más, pasó desapercibido. No hubo un momento en el que dijimos “che, ya es mucho”. Y yo creo que es un tema que está en la agenda de los que, de una manera u otra, tuvimos que ver con aquel tiempo. Creo que cada vez está más cerca. Creo que los sesentones están pensando: “nosotros tenemos una responsabilidad grande por hacer el recuerdo amigable y reconocible para quienes no lo vivieron”. Creo que es un tema que empieza a estar en la agenda y es uno de los fenómenos interesantes de estos cuarenta años.

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