fotografía: Gerardo Carella

Gonzalo Civila: “El proyecto político de la izquierda es la construcción de un país en el que quepamos todos”

fotografía: Gerardo Carella

Este ciclo de seis entrevistas servirá como espacio para pensar en qué están los jóvenes que militan en el Frente Amplio, cuáles son sus principales intereses, sus historias y cómo proyectan sus ideas.

La propuesta es contactar a militantes menores de 40 años –unos pichones en el conjunto de la política uruguaya- que representen a varios sectores políticos del Frente Amplio y dialogar sobre todo: cómo fue militar en la crisis económica del 2002, el envión de acceder al gobierno, lo que se hizo y lo que falta, sintetizar qué es la izquierda. Hablar de política, que tanta falta hace.

El primer invitado es Gonzalo Civila, secretario político de la Departamental de Montevideo del Partido Socialista, profesor de Filosofía. Comenzamos con el más joven de la lista: 28 años. Lo esperamos en el bar La Toja, de Centenario y Jaime Cibils, el cálido bar ubicado frente a la esquina del Liceo Dámaso, que es su lugar de trabajo. Mientras pedíamos un café me cuenta que una de sus preocupaciones es la participación política. Pero para participar hay que militar y como principio quieren las cosas, le pregunto cómo empezó su dedicación por la política:

Periodista: Vos comenzaste a militar a los 17 años. Comenzaste en un comité del Frente Amplio (FA).

Gonzalo Civila: —Sí, arranqué en el Comité de Base del barrio y al poco tiempo me afilié al Partido.

P: ¿Cuál era el interés?

GC: —Cuando tenía 17 años estábamos en plena crisis “neoliberal”, digamos. Así que se podría decir que somos de esa generación, un poco hijos de la crisis, ¿no? Yo venía de la educación católica y ahí tuve un primer acercamiento con algunas situaciones de injusticia, que sentí muy fuerte. Y me pasó, también, desde la formación de izquierda que tenía mi familia, y mi propia experiencia y análisis de la realidad, de entender que el abordaje que se hacía desde la iglesia, el abordaje que de alguna manera se nos proponía a los que nos educamos en esa matriz, no era suficiente. En realidad, era bastante reproductor de las propias situaciones de injusticia que se trataba, en principio, de combatir.

O sea, hay un primer acercamiento desde la sensibilidad social, que cuando lo elaborás desde el punto de vista ideológico y profundizás en el análisis – y esto sin desmerecer a nadie que quiera trabajar para superar la injusticia social-, decís: “con esto no basta, se necesita trabajar desde la política, desde la lucha social, para transformar esas realidades”. Como te decía, mi familia materna es una familia de izquierda. El tío abuelo de mi madre fue un dirigente del PS desde la era frugoniana, te diría. Y mi vieja siempre fue una mujer muy comprometida: educadora, siempre frenteamplista, socialista, y siempre inculcándonos este debate y estas inquietudes.

Y por otro lado, la crisis también golpeó, desde el punto de vista más material, a todos los sectores de trabajadores, dentro de los cuales también estaba mi familia. Y eso también te hace mirar la realidad desde un lugar de mayor compromiso cuando no lo asumís con resignación, sino preguntándote cuáles son los motivos por los cuales esos son los coletazos de las crisis. A eso sumale que ya estaba en una etapa en la que me había puesto a leer bastante, por mi interés por la filosofía, la economía, la sociología y el acercamiento a Marx – que fue también determinante ahí -, y lo maduré.

P: —Veníamos de una década en la cual la política estaba muy mal vista.

GC: —Sí, muy devaluada… En realidad, la política fue deslegitimada. Yo digo siempre que las clases dominantes en este país, el principal logro que tuvieron de todo ese proceso que empezó antes del terrorismo de Estado pero que se instaló fuerte en ese tiempo, fue la deslegitimación de la política. Cuando vos convencés a la sociedad de que la política no es un instrumento valedero (“que los políticos son todos iguales, corruptos”), o que en definitiva la política sirve para gerenciar o administrar intereses de los sectores que explotan al pueblo, la gente se repliega. Se dedica cada uno a la suya. A veces se habla del “individualismo” de una manera muy abstracta y yo creo que la contracara del individualismo es esto: que unos pocos, monopolizando los resortes del poder, convencieron a la sociedad a través de sus prácticas corruptas y clientelares que la política no sirve para nada. Lo máximo que podés hacer es ir a votar cada cinco años y votar por el menos malo.

Todo ese modelo me parece que tiene como relato fundamental el “hacé la tuya” y dejá que otros poquitos hagan por vos, lo que nunca va a ser muy transformador. Yo creo que eso, con la crisis, estalla en mil pedazos. O sea, se llega a un punto tal que podemos decir que ese es el producto de un modelo económico, social y cultural.

P: —Y a partir de ahí para vos la respuesta era la política, ya a los 17 años.

GC:—Sí, ya de pique era la política. Primero empecé militando socialmente, a nivel de base, vinculado a alguna organización de la iglesia y enseguida me arrime a la militancia política, al comité, con un amigo. Ahí conocimos a una compañera del PS que fue la que me afilió. Mi ficha de afiliación la firmó ella y el polo Gargano. Y de ahí no paré.

*

El área del seccional del PS donde empecé a militar abarcaba sobre todo la zona norte de Malvín, que es una zona bastante distinta a Malvín sur. Ahora, como docente tuve la oportunidad de trabajar varios años en el liceo 10 y sí, Malvín tiene la peculiaridad de ser un barrio muy heterogéneo desde el punto de vista social. Y, claramente, algunos sectores medios se vieron afectados por el proceso de la crisis, ni que hablar desde el punto de vista cultural. Yo creo que ese proceso de repliegue, individualista y esa desconfianza por el otro, esa vuelta al espacio privado, es como medio generalizada. De repente se puede ver con más fuerza en otros lados, pero creo que transversalizó a todos los sectores sociales. Y los que bancaron, resistieron fuerte ese proceso, fueron los sectores del movimiento popular organizado. En particular, la clase trabajadora, el PIT – CNT, que siempre trabajó otro discurso, se movilizó. Y otros sectores, como los cooperativos, que también sintieron la avanzada del neoliberalismo. El propio movimiento cooperativo se debilitó mucho en este país, después de la crisis. Creo que en las organizaciones sociales hubo una reserva, que fue la que sostuvo.

Y el Frente Amplio, como estructura, también. A veces se denosta mucho a la estructura del FA: “ay, es una estructura cerrada; son cinco viejitos que van a abrir el comité”. También es cierto que esos viejitos y algunos jóvenes bancaron los momentos en los cuales la política estaba absolutamente descalificada ¿no?

P: ¿Era complicado trabajar de cara a las elecciones del 2005?

GC: —Ya para las elecciones del 2005 había una efervescencia interesante. Todo el proceso, que inicia con el referéndum contra la privatización de ANCAP, tensó las fuerzas. La izquierda venía de una acumulación en contra del proyecto neoliberal que, cuando eso estalla, nos permite dar un salto. Hacia el 2005 había muchos compañeros y compañeras activos, militando. Fue duro porque, obviamente, del otro lado también había reacción. En la calle, incluso, porque uno salía a pintar un muro y de repente te encontrabas a alguna de esas brigaditas medio fachas que te preguntaban “¿qué hacés acá…?”.

Pero con mucha alegría, porque estábamos convencidos de que íbamos a ganar. Y ganamos. Lo que les pasó muchas veces a nuestros padres y a las generaciones anteriores era que estaban convencidos de que iban a ganar y perdían. Lo cual obviamente te desmoraliza por un tiempo. Pero yo creo que las condiciones en las cuales militamos estas generaciones en la última década, o incluso compañeros que empezaron a militar un poco antes, postdictadura, son circunstancias mucho más favorables que las que vivieron nuestros padres u otras generaciones. Que, para empezar, fueron víctimas del terrorismo de Estado, el miedo, la censura, la clandestinidad, el exilio o hasta la desaparición forzada o la muerte.

P: ¿Cuál era tu percepción ya en el 2005, con el gobierno del FA iniciando su mandato?

GC: —Lo primero era el dato de la gran movilización de la previa a la elección. Haber hecho un acto como el de la Avenida del Libertador bueno, yo creo que nos quedó a todos grabado para siempre. Eso ya te da una inyección de optimismo y de alegría de la puta madre. Uno decía: “ta, si toda esta gente está acá peleándola, aunque sea ahora que es la previa de una elección, vamos a poder hacer un montón de cosas con todo este respaldo popular”. Después se produce la gira de Tabaré, inmediatamente después de que ganamos el gobierno, saliendo a todo el país, haciendo lo mismo que habíamos hecho en la campaña. Dijimos: “¡qué bueno!, ese es el contacto que tenemos que tener de forma permanente con la gente, escuchando las demandas, tratando de hacer síntesis”. Así que el principio era con mucho entusiasmo y una percepción de que había toda una energía desatada en la sociedad que teníamos que canalizar para hacer las transformaciones que habíamos comprometido. A esto sumale una elaboración programática de muchos años. Los debates en el FA no empezaron cuando asumió el gobierno: yo recuerdo el congreso programático ese, integrando mi comité de base, y tuvimos arduas discusiones, por momentos duras. Sabíamos que íbamos a tener contradicciones entre nosotros, diferencias, matices. Los tuvimos siempre porque somos eso: una fuerza policlasista, plural, con distintas visiones, con distintos objetivos finalistas. Pero siempre con la convicción de que eso se podía sintetizar positivamente.

Yo creo que el arranque del gobierno fue muy fermental. En principio tuvimos que abordar una emergencia social tremenda y creo que lo hicimos con éxito. Los indicadores nos muestran que realmente pudimos llegar a un montón de gente que estaba en los márgenes de la sociedad que estaba siendo expulsada, reincorporar a otro montón de trabajadores al mundo del trabajo y recuperar dinámicas de mayor integración. Empezamos con una serie de cambios que habíamos comprometido y que logramos cumplir.

Yo creo que ya se nota desde el arranque del gobierno y me genera preocupación es que produjimos esos cambios, incluso empezamos a pensar qué hacer después, porque había que llevar otras tareas adelante, pero se nos empezó a resecar la participación de la gente. Y yo creo que es un fenómeno muy habitual en los procesos de cambio cuando éstos se hacen desde las instituciones, como nosotros elegimos hacer – y tenemos asumido que debemos hacerlo -.

Y acá yo creo que hay distintos fenómenos: por un lado está el clima cultural del que hablábamos, que no se revierte de un día para el otro. Que vayan cientos de miles de personas a un acto de campaña no quiere decir que esos cientos de miles estén dispuestos a entregar parte de su tiempo y su energía a un proyecto político cuando está en el gobierno. La oposición, en ese sentido moviliza más, porque tenemos una cultura muy institucionalista y creo que está muy instalado en la sociedad uruguaya que, cuando uno vota y delega poder, el que debe hacer es el que está ahí. No sé si tenemos clara conciencia – más allá de algunas organizaciones sociales que siempre estuvieron en la primera línea de la movilización-, no está en la conciencia que la participación en política es importante, más allá de ir a votar para elegir representantes.

P: Voy a hacer de abogado del diablo. Argentina tenía instituciones absolutamente carentes de respaldo social. Y eso también formó parte del proceso de caída argentino del 2001. En Uruguay, ese proceso de institucionalización de varios aspectos de la vida de los uruguayos. ¿Te parece que nuestro proceso de institucionalización es tan perjudicial?

GC: —No, no, no. A ver: todos los procesos sociales tienen sus pro y sus contras. Si los uruguayos no valoráramos ese capital que tenemos, esa institucionalidad consolidada, una ruptura mucho menor del orden democrático – en comparación con otros países de América Latina-, etc, cometeríamos un gravísimo error. Claro que tenemos que valorarlo.

Ahora, también hay un imaginario, que nos viene en parte del batllismo y que está muy instalado en nuestra sociedad, que es esa idea de la sociedad amortiguadora, hiperintegrada, mesocrática. Y eso diluye la polarización social y política, ¿no? Eso obviamente que da aspectos positivos, porque da cierta estabilidad a los procesos. También muchas veces despotencia, porque la movilización es menos generalizada, porque a veces los cambios hay que explicarlos muchísimo y llevan mucho tiempo. Y yo creo que hay que tratar de equilibrar esos dos factores, ¿no? Me parece que debemos preservar esa institucionalidad consolidada que tenemos, a la vez que las transformamos. Porque la institucionalidad también tiene que ser transformada. No para astillarse en mil pedazos, no para que pase lo que ocurrió en Argentina en el 2001. No, por favor. Sino para poner ese Estado y a esas instituciones al servicio de un proyecto de país que nos contenga a todos. Y eso implica hacer cambios, y esos cambios implican la participación social. Si la gente no empuja, si no está organizada y no traduce políticamente sus demandas y sus planteos, se complica.

Y no es que en Uruguay no haya organización. Porque hay mucha gente que está organizada por ahí y hay muchas energías desatadas para hacer cosas buenas y moverse solidariamente y todo lo demás. A veces creo que lo que falta es la traducción política de eso, en una experiencia de masas, que no sea sólo de direcciones.

P: ¿Un ejemplo?

GC: —Yo creo que hay un ejemplo claro de cómo hay cosas que todavía movilizan y que cuando se tienen que expresar, se expresan. Un ejemplo claro para mí es la participación de los jóvenes en todas las movilizaciones vinculadas a los Derechos Humanos, a la demanda de Memoria y Justicia. Eso te muestra que hay una reserva, que no está solamente en los sectores que fueron fundadores de las experiencias de unidad popular en el Uruguay, sino que está también en las nuevas generaciones. Que incluso asumen una nueva lectura de la historia, una historia en la cual no fuimos parte como testimonio viviente de esa realidad, pero que sí hacemos parte de nuestra comprensión del Uruguay y de determinadas demandas que son universales y no sólo nacionales. Eso me demuestra que se puede.

Ahora, hay otro montón de demandas por ahí que hasta nos cuesta conceptualizarlas porque, justamente, faltan mayores niveles de organización y de movilización. Y, sobre todo, le faltan esos niveles de movilización a la fuerza política. Ahora estamos en un proceso de tratar de reactivarlo, de movilizarnos un poco más, de abrir y abrirnos a nuevas experiencias de militancia. Pero es complicado.

P: ¿El proyecto político de la oposición es más de lo mismo? ¿No se repiten?

GC: —Ah, sí, yo creo que sí. No tienen nada nuevo para proponerle al país. Plantean lo mismo de siempre: para ellos la solución es el mercado. Para todo la solución es el mercado. Y la solución es el mercado porque es la solución para los sectores que ellos representan.

Mirá, el otro día se desató una polémica por unas declaraciones del nuevo viceministro de Economía, Alejandro Antonelli, que es un compañero del partido y un amigo personal. Y Alejandro dijo algo sobre el margen que teníamos para poder ponerle más impuestos a los ricos, a los sectores que concentran la riqueza en el país. Lo planteó de cara al próximo programa del FA, no lo planteó para discutirlo ahora y lo dicen claramente en la nota. Y empezó a replicarse esa nota en todos lados: en Facebook, en Twitter, en las redes sociales. Y de repente veo dos twits – viste que ahora se hace mucha política desde un twit-, uno de Heber y otro de Amorín Batlle. Y los dos decían básicamente lo mismo: “el viceministro de economía dice que hay margen para poner más impuestos, siempre pagamos los mismos”, etc. Y yo decía: “pero qué caretas que son estos tipos”. Porque en primer lugar tergiversan, mienten para que la gente se caliente y digan “che, nos quieren poner más impuestos a los laburantes”. ¡Y lo que estaba diciendo Alejandro es absolutamente lo contrario a eso! Más impuestos a los ricos, a los que tienen más, que claramente en el análisis de un tipo que viene de un cuño marxista, ¡no se estaba refiriendo a los trabajadores! Se estaba refiriendo a los sectores del capital.

Ahora, no lo dicen porque lo que puede logar convencer a la gente que los voten a ellos es mentir. Es engañar, es tergiversar. En definitiva, lo que ellos tienen que lograr es que los trabajadores voten en contra de sus propios intereses. Ese es el desafío que tiene la derecha: lograr que los trabajadores voten en contra de sus propios intereses. Porque ellos expresan los intereses opuestos. Entonces, no lo pueden decir de forma honesta porque pierden cualquier elección. Nadie gana con los votos de los capitalistas, digamos. Yo creo que esa es la gran contradicción de la política uruguaya. Para mí la política es, en última instancia, la lucha social. Claramente, estos sectores expresan a las clases más concentradoras de este país, a un puñado de gente, a muy poquitos, una total minoría. Entonces para ellos la solución siempre va a estar en el mercado. Porque el mercado hace esa selección, la que ellos quieren: elige a favor de los poderosos y deja a los otros afuera.

P: ¿Ese modelo desatado y llevado a las últimas consecuencias es muy parecido al año 2002?

GC: —Claro, exactamente. Termina necesariamente en crisis de ese tipo. Basta mirar lo que está pasando ahora en los países centrales del capitalismo. Cuando hay que ajustar, los partidos del establishment siempre eligen ejecutar por el mismo lado, el lado del pueblo y de los trabajadores. Eso es lo que hizo la derecha en este país y es lo que va a volver a hacer si tiene la oportunidad de gobernar algún día. Yo deseo que por mucho tiempo eso no sea posible, que sea un largo proceso de izquierda que permita consolidar lo que hicimos y profundizar los cambios.

P: Es raro, porque parece que las clases dominantes, con las crisis, se regeneran y cambian la piel.

GC: —Es que las crisis hasta les convienen. , porque son momentos de ajuste y reconfiguración del sistema para que ellos puedan seguir siendo lo que son: sectores dominantes. Siempre alguno cae en el camino, porque el arco es heterogéneo. Ahora, los que concentran más riqueza y poder… difícil que caigan en una crisis capitalista. Siempre van a encontrar una solución para que la paguen otros. Y la pagan los mismos que ellos sistemáticamente han jodido, que son los trabajadores.

P: Decías que la política en última instancia es lucha social. ¿Te da miedo el conflicto social?

GC: —A mí no me da miedo el conflicto social cuando se resuelve democráticamente. Ese discurso es tramposo, mentiroso, porque el conflicto social es intrínseco a una sociedad desigual. Y te diría que incluso es intrínseco a una sociedad democrática. Porque nosotros los de izquierda nos comimos la pastilla de que si llegamos a una sociedad sin clases no va a haber conflicto y todo va a ser paz y armonía. Y el día en que todo sea paz y armonía es porque vamos a llegar al final de nuestros días… en el cementerio. Porque en realidad los seres humanos somos conflictos. Producimos conflictos en nuestras relaciones y vínculos, en nuestra forma de producir nuestra vida. Yo creo que el conflicto es muy humano y que, en particular en las sociedades muy desiguales, ese conflicto se expresa de una manera más descarnada. Y eso Lacalle lo sabe muy bien (Nota de Redacción: en un artículo de Búsqueda, el ex presidente Lacalle mostró su preocupación por el nivel de conflicto en la sociedad y la política uruguaya) tiene posición tomada en ese conflicto, hacia los sectores que siempre defendió y que pertenece. Hay todo un discurso – y yo se que esto que voy a decir no tiene muy buena prensa porque no queda bien decirlo -, hay un discurso consensualista, de que “acá todos nos tenemos que poner de acuerdo porque de esa manera vamos a sacar al país adelante y entonces el 100% de los uruguayos en la misma”. Y yo lo que digo es que eso no es posible porque hay intereses contrapuestos. Cuando hay intereses contrapuestos, lo que tenés que buscar es la forma de resolverlos de una manera tal que no provoquen un estallido que le haga daño al conjunto de la sociedad. Pero tenés que jugártela, no hay neutralidad posible. Y los que hablan desde la supuesta neutralidad, los que te hacen el discurso del consenso y te dicen “qué terrible el conflicto social”, en general tienen posición tomada y la disfrazan con ese discurso que vende más.

P: ¿Dónde se puede encontrar hoy un buen debate político en el cual se puedan realizar cambios?

GC: —Nosotros cuando discutimos sobre educación, incluso los de izquierda, tenemos una tendencia a mirar el problema muy desde un nivel intermedio, que es el de las instituciones educativas. El “gerenciamiento” o la gestión de las instituciones educativas. Yo creo que esa es una mirada bastante tecnocrática que tenemos que superar. Me parece que tenemos que tener una mirada más macro y otra más micro. Salir de ese nivel “meso”, que no deja de ser importante, pero que no es el principal. Y pasar a mirar a la educación como parte de un modelo de desarrollo, de un proyecto nacional – a eso le llamaría un nivel macro -, y ver el papel de la educación en las luchas distributivas que existen en la sociedad, en la construcción de ciudadanos y ciudadanas con determinadas actitudes y disposiciones en la sociedad, en la transformación de la matriz productiva, en todas esas cuestiones que nosotros nos planteamos como desafíos centrales para el Uruguay. Y pensar el aspecto micro, me refiero a las relaciones pedagógicas. A lo que pasa, por ejemplo y no solamente, adentro de un aula. Yo creo que a veces esas miradas las perdemos.

Entonces, vos me decís “¿en qué punto podríamos centrar una discusión sobre educación para que el país avance en la transformación de sus procesos educativos?”. Y yo creo que lo primero que hay que hacer es desterrar la idea de que la educación se reduce solamente al sistema educativo formal. Eso no es así y, si bien trabajo en el sistema educativo formal y quiero mucho a la educación pública uruguaya, uno educa y es educado en muchísimos procesos, todo el día y todo el tiempo. La otra cosa es que cuando miramos al sistema educativo, tenemos que empezar a tener una mirada más global, en relación a un proyecto nacional, cuyos ejes tenemos que definir con claridad – porque si no tampoco podemos definir qué proyecto educativo queremos –, y tenemos que empezar a mirar más las relaciones pedagógicas, los vínculos en las relaciones de aprendizaje. O sea, qué pasa desde el punto de vista social, por ejemplo, entre los estudiantes, entre los estudiantes y los docentes. Creo que si miramos un poco más desde ahí podemos encontrar claves para la transformación de la educación. Porque, de hecho, cuando se hace esa mirada dentro de los centros, se logran mejorar los resultados, los gurises y los propios docentes se involucran más y se sienten más comprometidos porque se construye una idea de comunidad educativa, que nosotros levantamos mucho pero que no deja de ser una abstracción si no le metés carne. Y para eso hay que dedicarse, ¿no?

La política es parte de ese proceso de discusión, porque la educación no es un tema nada más que de docentes y estudiantes en el momento que pasan por el sistema educativo, sino de toda la sociedad en su conjunto.

P: Y si tuvieras que sintetizar el proyecto político de la izquierda uruguaya, ¿cómo sería?

GC: —Te diría que el proyecto político de la izquierda es la construcción de un país en el que quepamos todos. Y querer construir un país en el que quepamos todos implica optar por algunos. No para marginar a nadie, sino para generar condiciones de mayor igualdad y de mayor libertad en la sociedad. Entonces, cuando digo “optar por algunos”, digo optar por los que han sido sistemáticamente expulsados. A veces se dice excluidos y yo con ese término tengo mis reservas, porque creo que a veces elude el problema central. Más que excluidos: expulsados, porque hay una voluntad de algunos de expulsar. El excluido puede serlo por su propia voluntad, por sí mismo, porque quiso excluirse. Y este sistema lo que haces es expulsar. La contracara del expulsado es uno que tiene el poder, que concentra el poder, y que no puede convivir en condiciones de igualdad con ese otro.

Entonces, mirar ahí, mirar también a los trabajadores en general. Creo que debemos tener una mirada muy amplia sobre el conjunto de los trabajadores, que son la amplísima mayoría de nuestra sociedad. Y mirar a sectores a veces minoritarios, pero discriminados históricamente, oprimidos. Creo que esa también es una mirada que el Frente Amplio está logrando hacer, de ampliación de derechos y se han tomado algunas medidas positivas en ese sentido. Entonces, creo que esa mirada concentrada ahí no es para gobernar “solamente para esos” como se dice por ahí, sino para construir un país en el que quepamos todos. Me parece que el objetivo de la izquierda es, y ahora sí voy a usar la palabra consenso, construir un gran consenso de pueblo, de las grandes mayorías nacionales, para lograr ese país en donde quepamos todos y que, en definitiva, permita la felicidad de nuestra gente. Me parece que va por ahí.

4 comentarios

  1. Una de las aspiraciones de las derechas de todas las épocas ha sido que los trabajadores y los pobres en general ,se despreocupen de la política y los dejen gobernar a ellos Los parlamentos en general presentan obstáculos (muy difíciles de superar ).En INGLATERRA EXISTE UNA CÁMARA DE LOS COMUNES Y UNA CÁMARA DE LOS LORES Y ES UN EJEMPLO BIEN PRACTICO DEL CUIDADO QUE PONEN LAS CLASES DOMINANTES PARA CONTROLAR A L PUEBLO.
    Durante el período de la dictadura se trató por todos los medios de separar a los trabajadores y el pueblo en general de la política .Esto no se hizo solamente a sangre y fuego sino que se desarrollo todo el aparato ideológico que controlaban a su antojo.No sólo se cerraron los diarios de oposición y las emisoras radiales progresistas ,sino que procedió a un bombardeo ideológico constante predicando el hacé la tuya ,el no te metas,todos los políticos son iguales y corruptos ,etc
    Lo peor de todo esto es que en parte consiguieron su propósito .(COMO BIEN SEÑALA GONZALO) Hoy vemos a los jóvenes integrados a los movimientos sociales ,a las cooperativas y a los sindicatos pero no pero no tanto en los partidos políticos.Debemos luchar contra la desideologizacióny la fobia contra los partidos.SIN UN PROGRAMA DE CAMBIOS UNA ESTRUCTURA SÓLIDA,Y UN PLAN DE ACCIÓN CONSECUENTE ES IMPOSIBLE CAMBIAR LA SOCIEDAD EN FAVOR DE LOS POBRES.

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